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Amanece y Elena frente al espejo no se reconoce. Busca entre las arrugas todo lo que quiso ser. Ha ido perdiendo tantas cosas por el camino que apenas tiene rostro. Como el reflejo en el agua al tirar la piedra: su vida ha desaparecido en silencio. Apenas puede respirar.
Se tumba en la cama y mira al techo. Ahí está, empezando de nuevo, lejos: “-Maldita sea! No puedo echarlo de menos. “
Sigue atada a él, a través de sus pensamientos. Por un momento mira él teléfono y extiende su mano. Algo cae al suelo,se asusta con el golpe. Es la foto de Marcos y Lucía. Entonces retira su mano y la posa vacía sobre su vientre. Encogida sobre sí misma, replegada en su interior como tantas veces. Se debate entre la soledad y el miedo. La decisión está tomada, será mejor cerrar bien la puerta. Apaga la luz para no ver el cuarto vacío, para no ver su ausencia.
Podría pasarme horas, tumbada en las piedras, boca abajo, mirando el horizonte, esa línea sutíl que separa los azules, difusa, imprecisa. Me relajo profundamente y me abandono al cosquilleo del sol. Me fundo con las piedras y me transformo en arena. El viento me arrastra a países lejanos, idiomas extraños que preguntan ¿Mi nombre? En el cielo donde se derraman las nubes mi nombre es Azul. En el mar donde te busco mi nombre se mezcla con el tuyo, en el fondo, buscando conchas. Desaparezco y soy tú, por un instante lo entiendo, y me sorprendo dibujando tu nombre en la orilla, dónde siempre te encuentro.
